jueves, 3 de septiembre de 2009

Del origen de la mayonesa


Un día de mayo del año 1543, el matemático y panadero inglés Harper Ponds, inventor del saborizador para bayaspirinas (aún antes de la síntesis del ácido acetilsalicílico) entró a su laboratorio de la bulliciosa ciudad alemana de Hamburgo para mirar a los ojos a su ayudante Otto von Hellmans y decirle: "pendejo, un día de estos vas a estar en boca de todos, si no es que te hago cagar antes".

Al sentirse amenazado por la epifanía de don Harper, Otto, maestro curtidor de cueros y beta-tester de queso parmesano, salió disparado de la botica. El azar lo depositó a dos cuadras de allí, frente al muelle 350 del maloliente puerto alemán. Espantado por la mirada libidinosa de un marinero polaco apellidado Zwyercinzky (quien relojeaba el culo perita del asistente de mister Harper mientras se secaba con el revés de la mano un hilo de baba medio bordó, medio amarillento), cruzó una calle sin advertir la alta velocidad del carruaje de la esposa del duque Reiner Manleys Wilde. La doncella, que respondía al nombre de Fanacoa Manleys Wilde, se mandaba un regio sandwich de jamón con chukrut al tiempo que escapaba de otro de los feroces ataques de seborrea que sufría su marido, un adicto a ponerse los sombreros de los curas pedófilos de la ciudad.

El carruaje impactó con fuerza contra la corporeidad de Otto ("lo levantó como sorete en pala", habría dicho el polaco Zwyercinzky a la incipiente prensa teutona), al punto que prácticamente quedó regado por todo el lugar. Fanacoa, que amaba el jamón pero aborrecía el chukrut, observó como un fragmento amarillento de Otto entraba por la ventanilla y caía sobre el pan. Es que Otto, de tanto probar queso, había desarrollado un cutis grasoso y lleno de fresco acné. Pues bien, todo el pus que rellenaba la purulenta piel del acólito del afamado investigador inglés terminó por embarrar el emparedado con el que "la Gorda" (así la llamaba cariñosamente el duque) se llenaba la panza.

"La Comilona" (así la llamaban sus nutridos contingentes de mancebos) tenía tanto hambre que se clavó un gigantesco bocado. Sorprendida por su hazaña (aunque dicen fuentes más que confiables de la época que no era ésta la primera oportunidad en la que "se comía un pibe"), no pudo ocultar su gesto de placer por lo que estaba saboreando. Fanacoa, que no era lenta para los negocios, patentó como marcas todos los nombres de los involucrados. Hasta el día de la fecha, esas patentes se alquilan a grandes corporaciones alimenticias.

Así nació la mayonesa, nombre originado por la combinación de los vocablos "mayo" (por el mes en el que sucedió el hecho) y "nesa" (término originado en las palabras de disgusto que habría manifestado el duque al enterarse de lo que su señora esposa hizo: "nesaconchayonolapongomás"). La tradición de untar el pan con pedazos de adolescentes granulientos tuvo un giro radical alrededor del siglo 19, debido a una prohibición del papa Gregorio XVI, quien en la bula "Manyarse Pebetens Non Demonicus Est" expresó la objetiva angustia que le provocaba el hecho de estar empomándose un pibe y que su sacristán lo pasara por la licuadora casi simultáneamente, para servírselo sobre un pancho entre vísperas y completas.

Hoy, desde este modesto blog rendimos homenaje al visionario Harper Ponds y a su ayudante Otto von Hellmans.

lunes, 27 de abril de 2009

Guerra Civil


Tengo un pequeño presidente latinoamericano vivendo en un cajón de mi escritorio, el tercero desde arriba hacia abajo. Lo descubrí hace un rato, buscando unas pilas "AAA": él estaba sentado sobre la más costosa, una Duracell recargable (la otra era una taiwanesa que vino con el MP3).

- ¡A tí, te conozco, alimaña imperialista! -acto seguido se paró para continuar con su discurso- Ahora vienes por nuestra energía, ¡pero nunca podrás quitarnos algo que por derecho propio le pertenece a nuestros esforzados trabajadores!

Sentía múltiples sorpresas. Primero, por encontrar entre mis cosas personales una criatura tan ínfima. Segundo, porque estaba encendidamente desafiando a alguien que sin mosquearse podría borrarlo para siempre. Además estaba cuestionando mi derecho de propiedad en nombre de un colectivo ausente. Y para colmo tenía un corte de cabello que no le favorecía: en ese momento era extrañamente calvo y cabezón, pero intentaba disimular las zonas desiertas con una pelusita blanca que le crecía de sien a sien por detrás de la nuca.

Cerré el cajón pensando que había sido una alucinación, pero cuando lo volví a abrir el tipejo estaba todavía ahí, de pie sobre una moneda de níquel de 1000 australes que uso para raspar el código de seguridad de las tarjetas del celular. Ahora lucía un poco más jóven, como si en 30 segundos hubiera rejuvenecido 10 años. Tenía algo más de pelo, todo negro, unos bigotes recortados a la perfección, un trajecito beige con dos botones y una voz más firme y decidida.

- Así que finalmente has regresado. ¡Ahora tendrás tu merecido! - me gritó.

Yo estaba tan extrañado que no atiné a argumentar más que un "correte, pelotudo" mientras tomaba las pilas que necesitaba, pero ya no recordaba para qué las quería. Al sentirse amenazado, se ocultó detrás de una billetera en desuso, saliendo casi inmediatamente vestido con un uniforme verde oliva y luciendo una tupida barba. Pero lo más sorprendente de todo es que ya no estaba sólo: lo acompañaban otros diez o doce hombrecitos vestidos como soldaditos. Todos me apuntaban con sus dedos simulando una ametralladora y me pedían que me rindiera. Al ver peligrar mi vida por tan poca cosa, tiré lo que tenía en la mano dentro del cajón, con tanta mala suerte que la batería taiwanesa cayó sobre un par de ellos. Casi al mismo tiempo le pegué una patada al mueble y me escondí detrás del puf con el que siempre me tropiezo en las mañanas.

Estaba sinceramente aterrado: me sentía amenazado escuchando la vocecita áspera y aguda del caudillo arengando a sus muchachos en el cajón que hasta tres minutos antes había sido mío (con ese tono típico de doblaje al español neutro que me revienta cuando veo una película en TV abierta). Transpiraba sudor frío y tenía los miembros paralizados, cuando finalmente me armé de coraje y salí valientemente a enfrentarlos.

Con las rodillas apoyadas en el suelo y haciendo una curva con la espalda, me acerqué silenciosamente hasta el borde del mueble, y comencé a abrir el cajón muy despacito. Los buscaba en la penumbra, pensando que estarían escondidos entre las decenas de porquerías que uno guarda sin saber porqué. Ya habían tallado un monolito en honor a los caídos en una goma de borrar Staedtler blanca que me quedaba del secundario, alrededor del cual había toda clase de minúsculas ofrendas. La tropa estaba reunida en la cercanía, contaba ya con más de cien bravos guerreros cuyos ojos iban encontrando los míos a medida que la luz los invadía. Al frente de todos se destacaba un uniformado rubio con rango de general: inmediatamente reconocí a mi enemigo.

Ya no sabía cómo proceder. En unos minutos podrían llegar a tomar toda la habitación. Quizás hubiera podido ir a buscar el Raid para atacarlos con armas químicas, pero es casi seguro que miles de ellos me emboscarían a la vuelta.

- Negociemos... ¡por favor, negociemos! -se me ocurrió decir, con los ojos llenos de lágrimas.

- La sangre de nuestros compatriotas no puede ser negociada -me respondió, pero en realidad le hablaba a sus partidarios- ¡No negociamos con terroristas!

- Pero por lo menos escuche mi oferta -le imploré, tratando de hacer tiempo mientras se me ocurría algo.

- Está bien, lo escucho. Hable de una vez que no tengo todo el día.

Me quedé abrumado cuando ante mi vista aquel general se convirtió en un abogado panzón, peinado a la gomina, con olor a colonia Avon. Simultáneamente aparecieron dos policías que me pidieron que me retire en paz. En ese instante el primer mandatario de esa patria ínfima sacó de entre sus ropas un papel, me pidió que lo firme, y me notificó con gestualidad pomposa que tenía dos minutos para levantar mis cosas y abandonar la casa. Los soldaditos se convirtieron en amas de casa que lo aclamban y le tiraban besos mientras se acomodaban los ruleros.

Hice lo que cualquier ciudadano honesto y respetuoso de la ley debe: di media vuelta y salí de mi hogar, respetando los acuerdos que la mayoría del pueblo convalidó con su voto, junto con los pactos internacionales que se citaron en los acuerdos firmados.

(...)

Sucedió tan rápido que solo me dí cuenta cuando me alejé un par de cuadras. En este momento estoy frente a una estación de servicio. Compro un bidón de nafta y vuelvo. Un par de cientos me voy a llevar.

domingo, 8 de marzo de 2009

Gente Desesperada



Todo comienza con un trazo invertido. Se coloca la lapicera al medio de la hoja y, sin mover el brazo (sólo la muñeca) se lo aleja del cuerpo, buscando el norte del papel. Lo que resta es una anarquía planificada: la libertad de movimientos gobernada por una parte de la cabeza que decimos inconsciente y reservada a la extensión misma de la superficie.

Las líneas no tienen porqué resolver el misterio de la vida, simplemente señalan una dirección. No hay un tiempo determinado ni límite en la cantidad de rayas. Dejarse llevar.

Las indicaciones acerca del final del test se las dará la música (me había olvidado de decir que hay que poner música, puta madre) en el preciso momento en que el sujeto del autoanálisis comienza a cantar. No analizar qué canción es, no vale la pena, las radios ya decidieron por nosotros. De esta forma se tensiona la conciencia, ajustándola a lo que otros llaman realidad, pero sabemos que no tiene sentido.

Ahora se necesita mirar la hoja, levantarla de la mesa (hay que estar sentado en una silla, tampoco me acordé -empiece de vuelta-), mirarla fijo. Acto seguido acercarla a los ojos, alejarla, rotarla como las agujas del reloj, observar el lado no escrito (Ah, use una hoja totalmente en blanco, ambas páginas).

Sin lugar a dudas, aparecerá un dirección, un teléfono, coordenadas, un e-mail: señales (ojo, no quiere decir que esté, sólo usted puede verla). Ir, llamar, volar o escribir y comprobar que ya conocía ese feo lugar.

Finalmente, agradecer a la propia locura esta importante oportunidad y hacer algo por ella, por ejemplo, matarla con alcohol o darle un beso, aunque lo ideal es reir bajo el Sol.

Y no se preocupe, aún no se han llevado lo mejor de usted.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Acerca de la existencia

Sinceramente, estoy desesperado. Por momentos creo que tengo muchas ideas, me siento frente a la computadora para escribirlas y se van. Nunca llego a abrir El Chivo que desaparecen y no vuelven. Otras veces golpean la puerta de mi conciencia antes de dormir. Son tan fabulosas que creo tener sueños felices por su causa. Y otras son demasiado grandes como para un post.

Pero heme aquí, con mis dedos saltando en el teclado para confesar una crisis más. Es crítico porque creo haber encontrado lo que tengo ganas de hacer, pero la materia prima se esfuma: para ser claro, experimento lo que debe sentir un carnicero que ve como se abre la puerta del freezer, se asoma una media res, se pone una tira de chorizos como bufanda y una hamburguesa por escarapela, y escucha atónito que ese pedazo de carne que alguna vez fué vaca le dice "me voy a un asado en la unidad básica, no me esperes despierto", mientras le lanza un beso soplado y afana un tetra de vino Toro de la estantería.

Obviamente, le echo la culpa a cualquier cosa. A veces puteo a los fantasmas, pero sé que no vivo en el plano de los muertos.

¿Qué pasa? ¿Es porque tengo un perfil en Feisbuc?

¿Es porque ando mucho en bici?

¿Es porque tengo un laburo en el cual aleatoriamente me dedico a escribir?

¿Es porque tengo una tesis que terminar y no me dan ganas?

¿Deudas pendientes?

¿Dudas pendientes?

¿Certezas pendientes? (nah, eso no )

¿Estaré aburguesado?

¿Estaré hamburguesado?

¿Estaré?

Creo que es hambre, nomás. Hay arroz con atún. Pero tengo ganas de otra cosa.

miércoles, 1 de octubre de 2008


Sí, es cierto: reconozco que estoy un poco vago para escribir, pero las condiciones que originaron este blog, el contexto, ya no es el mismo. Por suerte ha escampado (creo que definitivamente), y además tengo un trabajo en el que escribo todo el tiempo.

Pero eso no impide seguir leyendo, ni que se me pasen las ganas de publicar, ni vivir al margen de las cosas que pasan. Y acerca del "margen" trata este post, de eso que hacemos todo el tiempo, que se debate entre el placer, los tabúes, y la responsabilidad. Cosas que saltan a "la centralidad", y que son recortadas por los medios como si fueran hechos aislados, individuales.

Ya había publicado (en realidad la recomendé) una nota de opinión de Martín Caparrós en el diario "Crítica de la Argentina", acerca de un tema diferente al de ahora. Bueno, con el permiso de ustedes o sin él pienso reincidir asquerosamente.

¿Hacen falta motivos? Me gusta como escribe Caparrós, lo considero uno de los tipos más lúcidos del país, leo "Crítica", y coincido con lo que dice.

En este caso se refiere al caso de un par de chicos de un secundario de Paraná que fueron dejados al borde de la expulsión porque se filmaron mientras ella felaba al muchacho. Además, no van a renovarle la matrícula para el año que viene.

Me gustó la opinión de Caparrós, y la recomiendo, porque va un poco más allá de la "moralina" que inunda práticamente todos los medios, y está sólo referida a la sanción (o al pete, que es peor). Les dejo un pedacito: si quieren leerla toda, clic ACÁ para ir al sitio de "Crítica Digital".


"Son casos claros de esputo ascensional, personas que se joden la vida por mostrarla: por tratar de ponerse a la altura de los tiempos que exigen 15 minutos de la fama que sea. Es fácil conseguirla: todos tenemos cámaras. Que, al filmar, proyectan una paranoia moralista: si todo se registra habría que cuidarse, vivir sabiendo que te miran. Es un viejo recurso represivo: según las religiones, puede llamarse KGB, Gran Hermano, Nuestro Señor, Ojo del Amo. Lo original es, si acaso, haber conseguido que las víctimas se filmen a sí mismas, se denuncien: las religiones siempre se perfeccionan".

Disculpen que esté vago, y gracias por los comentarios (los de acá, el MSN, y diversos contextos).

martes, 9 de septiembre de 2008

Colisionador de Hadrones




Y quizás ni siquiera termine de escribir esto que el mundo ya se fue a la mierda. Es cierto, me quedan cosas por hacer: todavía no lavé la ropa, el plato de fideos está a la mitad, el blog luce abandonado, y mañana me voy a despertar tan sólo como hoy. Pero la verdad es que no me siento en deuda con nadie, y eso ya es algo bueno. Cada tanto, padecer el rigor de saberme perdedor, y asumir que no hay deudas que me agobien me llena de energía. Una cagada estar pilas solamente hoy.

Lo que realmente me apena de este final inminente de nuestro horrible planeta es ser víctima de una partícula subatómica mareada, sometida a los embrujos de algún científico perverso que la larga en contramano por un tubo, para que se enfrente a sus pares (en bolas como los indios). Según nuestros queridos popes del conocimiento, esto es para comprobar la existencia de alguna leyenda inexplicable, producto (onanista) de esas locas y largas noches con las que vibran de emoción los sabios contemporáneos, mezcla de tutucas, calabozos y dragones, un disco de Cher, y los delirios poco sustanciosos de otros trasnochados iguales.

Ellos prefieren el término "Comunidad". Parece que no pueden escapar de los sitios de fantasía: es más, cren que son reales, y por eso toman el nombre de alguno de los libros de Tolkien. Pero lo alteran poniéndole el rótulo perteneciente a alguna de las ramas filosóficas supervivientes, el cual resume un complejo entramado semiótico de mentiras consuetudinarias en el que un conjunto de trasnochados que se esconden detrás de un par de culibotéllicos anteojos se han puesto de acuerdo.

El que quiera chequearlo, está en libertad de hacerlo: sólo está compuesto por partes más pequeñas, cuyos nombres parecen inventos de la frondosa imaginación del sudafricano. De certezas, nada. Y sin embargo tienen el poder de mandarnos al infierno imperceptiblemente.

Antes del final, le quiero recordar a los infelices que me incitaron a ahorrar energía eléctrica, manejar con cuidado, comer menos grasa, evitar las drogas, huir de las malas compañías, temerle a la revolución, cuidar la puta capa de ozono, y otras recetas mágicas con las cuales ibamos a tener Tierra para rato que son unos estupendos chamanes. Les creímos (les creí). Los adoramos como a dioses (dudé el último tiempo, pero lo hice). Les dimos plata, y los dejamos hacer.

Pongan esa máquina a andar de una cochina vez, y acaben con esto. Por lo menos tengan el buen gusto de abrir un agujero negro mientras duermo, para evitarme la horrible sensación que tengo todos los días cuando mi alma vuelve apresuradamente a habitar un cuerpo que se despierta saboreando la amarga soledad.

Eso sí: si no me matan esta noche, escondanse. Se van a hartar de verme feliz. Lo mejor puede estar empezando sin que nos demos cuenta (y así es más agradable).


(¡BOOM!)

miércoles, 20 de agosto de 2008

La mesa chica


Las paredes amarillentas del bar concordaban poco con el look de las personas sentadas en la única mesa disponible. Todo parecía deslucido, como si estuviera atrasado 30 años y fuera producto de una fiesta de hippies en decadencia. Salvo la única mujer, el resto eran hombres vestidos de traje sport, color gris o beige.

Julio, el de bigotes espesos, fué el primero en hablar:

- Cristina, ¿otra vez trajiste al pelotudo este? ¿Cuántas veces te voy a repetir que él ya no tiene nada que ver con nosotros?

Cristina, la única dama de la mesa, tenía los pómulos colorados por el excesivo rubor con el que se pintarrajeaba. Pero eso no fué un obstáculo para que los colores de su cara recorrieran el espectro cromático completo. Néstor (según Julio, "el pelotudo ese") la tomó tiernamente del brazo: contaba con la experiencia suficiente como para saber que a Julio no había que seguirle demasiado la corriente. Quien nada conocía de todo esto era Sergio, el más jóven de todos, y lo dejó transparentar con la ingenuidad de su pregunta:

- ¿Aníbal no viene?

- Nunca se sabe -dijo Cristina, aprovechando la falta de cintura de Sergio para cambiar de tema-. Ese fumanchero de mierda seguro que se colgó escuchando a Los Redondos.

- Otro pelotudo que no vale dos pedos -agregó Julio, mientras se limpiaba un resto de mayonesa que tenía en los bigotazos con un billete de 50 pesos.

- Vojsh no queréjsh a nadie -dijo Néstor, medio en serio y medio en joda.

Ese tono falto de solemnidad era uno de los tantos motivos que molestaban a Julio. Sin embargo, eso nunca lo había perturbado antes, cuando los tiempos fueron dulces para hacer dinero sin que nadie se interrogue por los faltantes. Ni por las dudosas compañías.

- No nos queda mucho -musitó Julio, como contestándole a Néstor-. Guillermo ya tiene una pata afuera. Hoy no quiso venir, estaba demasiado ocupado borrando pruebas. Faltaría que después de todo el esfuerzo que hicimos alguien se de cuenta de todo.

- Por Guillermo no te preocupes, con algo puede zafar -comentó Cristina-. El problema grande lo vamos a tener nosotros si no se nos ocurre nada.

- Yo estuve pensando que... -intervino Sergio, pero no pudo terminar.

- ¡Callate, forro! -gritó Julio, quien al ponerse de pie para insultar a Sergio dejó ver una mancha amarillenta en el pantalón marrón-. Sos un suplente, nada más que un suplente.

- No seas así, infeliz. Él viene a ayudarnos -dijo Cristina, para intermediar.

La mujer no pudo resistir hacer la pregunta que temblaba en la boca de todos:

- ¿Te measte, Julio?

- ¿Vos también, conchuda? ¡No tengo porqué decirte un carajo!

- Dale, tirifilo -agregó Néstor, medio en serio y medio en joda-: ¿Te meajshte?

Ahora parecía que sí tenía quedar explicaciones. Pero en el contexto de la mesa chica no había que demostrar debilidad, más bien lo contrario. Todos tenían un muerto en el ropero, pero para eso vivían, para esconderlo, porque cualquier error admitido podía significar la salida de ese fascinante y adictivo mundo de los negocios turbios.

- Para ser sincero -explicaba el de bigotes a lo charro, mientras volvía a tratar de encontrar esa mueca estoica que lo caracterizaba ante quienes no lo conocían-, me senté arriba de una fuente de gelatina.

A Cristina le brillaban los ojos. Ella mandaba en los papeles, y tenía que hacérselo saber:

- ¿Ahora quién es el pelotudo?

Julio tragó una saliva amarga, se había descuidado mucho: cuando uno discute con la jefa tiene que tener como mínimo un aliado. Sergio, que había quedado con los ojos como dos huevos fritos por la innecesaria violencia desplegada en una discusión intrascendente, intentó cambiar de tema:

- Decía, yo estuve pensando que por ahí, si usamos un concepto que no sea tan concreto... -pero, nuevamente, no pudo finalizar su idea.

- ¡Cajshate, forro! -lo cortó Néstor en seco, pero en el acto comenzó a reirse estrepitosamente, con carcajadas que sonaban como a una corneta trabada en una amasadora de pan.

Cristina lo emuló velozmente, con una risita cortita y estridente. En seguida se sumó Julio, como aceptando la derrota, y reclamando silenciosamente una tregua para su mal disimulada incontinencia urinaria.

Sergio sonrió con la mitad de su boca. Por unos instante se relajó pensando en que esas noches de insomnio habían valido la pena: con la falta de sueño vienen las canas, y junto a ellas la lucidez. El más jóven era ambicioso, y sabía que nadie le iba a regalar nada. No era más que un comodín colocado en su lugar para desplazar a otro fusible quemado. Lo dejaban participar de la mesa chica porque creían que no iba a molestar.

Quizás el resto veía a Sergio con los mismos ojos que miraban el sifón de vidrio verde que se encontraba en el medio de la mesa del viejo bar, el cual estaba ahí desde antes que ellos llegaran.

El de bigotes largó un chorro de soda caliente sobre la cara de un Julio Argentino Roca que lo miraba con fingida inocencia desde un billete de 100 mangos. Intentó lucir interesado en la propuesta de Sergio. Mientras se limpiaba el manchón con olor ácido del pantalón, lo miraba fijo, con esos ojos de buitre que lo habían caracterizado desde que dejó los ladrillos y abrazó la política.

El que habló fue Néstor:

- Dejshí, pibe, ¿cuál es tu idea?

- Lo que decía, -intentó recapitular Sergio-, es que lo más probable es que si decimos algo concreto la gente nos va a sacar la ficha. Entonces tenemos que tirar un concepto medio difuso, cosa que los analistas se pierdan y nosotros podamos ganar tiempo para arreglar la salida.

El "pibe" miraba como 3 pares de ojos se clavaban sobre él. Todos estaban espectantes acerca de esa "salida" tan buscada, tan esperada, tan esquiva.

Sergio era el que estaba sentado más cerca de la ventana. De repente, el rictus de orgullo que se estaba dibujando en su rostro fué mutando hacia una nariz fruncida a la altura del tabique, acompañado por el repiqueteo de sus fosas nasales, las cuales se iban abriendo más y más. Mientras tanto, sus ojos seguín fijos en los grandes anteojos de Julio:

- ¿No sienten un olor raro? -preguntó Sergio.

- ¡Ya les dije que era gelatina, hijos de puta! ¡Gelatina! -se hizo cargo Julio.

- No -dijo Cristina, que fué la segunda en olisquear el vaho dulzón que venía desde la vereda-, Sergio habla de otra cosa. ¡Creo que es Aníbal!

En apenas unos instantes, todos los presentes percibieron de qué se trataba. Un efluvio procedente desde el rincón más místico del universo inundó el avejentado ambiente del bar, y anticipaba la entrada de una angel de grandes bigotes y voz gruesa, el cual entró volando por la ventana, esquivando un malvón triste que reposaba en una maceta.

Como si fuera un guacamayo amaestrado, se posó sobre el sifón de soda que estaba sobre la mesa. Miró a los presentes a los ojos, y chilló estridente, con un tono de voz que mezclaba al Coco Basile y LudovicaEsquirru:

- ¡Redistribución del Ingreso! ¡Redistribución del Ingreso! -tras lo cual se fué aleteando por un ventiluz que se perdía en lo alto del techo.

- ¡Grande, Aníbal! -gritaban todos a coro-. ¡Vos sí que sos un groso!

Sergio se dió cuenta de que, por haberle puesto tanto suspenso a su relato, había perdido la chance histórica de ganar un lugar en el corazón del peronismo. Pero sabía cuáles eran las reglas del juego: había que subirse al carro del vencedor.

- ¡Qué genio este Aníbal!

- Jshí, pibe, ejsh lo mejor que tenemojsh -afirmó orgulloso Néstor.

- Fumanchero, sí, pero un capo -aclaró Julio.

Sergio la miró a Crisitina, como esperando una continuidad en las declamaciones, pero ella sólo dedicaba sus ojos al vuelo fluido de Aníbal, que dejó una estela de plumas tornasoladas tras de sí.

Sin embargo, el joven multiuso quería sacar algo concreto de aquella situación que abrazaba lo fantástico:

- Estos encuentros están buenísimos, no me esperaba nada de lo que pasó -dijo Sergio, introduciendo su pregunta-. Ustedes, que hace rato que están en esto, ¿cómo los llaman?

- Reuniones de Gabinete -respondió Cristina, mientras esgrimía una sonrisa de confianza en su rostro y miraba fijamente a Sergio-, y quiero que te vayas acostumbrando.